Sufrimos, lloramos y resurgimos de nuestros miedos o momentos de debilidad con más fuerza.
Pero qué pasa si sucede al revés, cuando llega el momento en que las cosas no pueden ir a mejor y sin entender muy bien porqué nos viene una racha buena, una de esas en las que nos encontramos en la cresta de la ola, y todo a nuestro alrededor parece perfecto, maravilloso e interminable.
Seres como yo curtidos en mil batallas, con nuestros cuerpos y alma plenos de cicatrices remendadas con sudor y sangre, no estamos acostumbrados a los momentos buenos, no gestionamos bien la complitud y plenitud de la vida; somos conscientes de lo efímero que es todo y que cuanto más nos dejemos llevar más dolorosa será la caída.
La vida está hecha para sentir, disfrutar y dejarse llevar pero a veces nuestras almas sienten miedo, desconfían y temen que en algún momento nos llegue un palo que no seamos capaz de lidiar.
Por eso requerimos paciencia y amor mucho amor.
Quizás el símil más fácil sea el de los perros, animales leales, fieles, cariñosos por naturaleza dispuestos a todo por su amo, pero cuando los hieren, sufren o encierran en perreras insalubres, descubren que no pueden volver a confiar que el ser humano es cruel, infiel y despiadado. Sin embargo, cuando los recogen, vuelven a cuidarlos, quererlos, alimentarlos se tornan dóciles, inquietos y mejores de lo que habían sido.
Quizás necesite yo también que vuelvan a domesticarme para volver a sentir lo que reniego, para permitirme de nuevo ser feliz.
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